
Artículo.- El Gobierno se inventó La Semanal para que parezca que nos informan. Como el vecino que todos los días se asoma al balcón: no tiene nada nuevo, pero necesita que lo vean. Eso es La Semanal: el presidente saludando cada lunes, con la prensa delante, para que no digan que anda escondido.
Ahora la llaman “la respuesta”, pero parece más un repaso de colegio. Preguntan por la inflación y contesta con carreteras. Preguntan por criminalidad y hablan de turismo. Preguntan por corrupción y saca un PowerPoint. Es como jugar dominó con alguien que tira el seis doble cuando la jugada pedía el cinco: no gana, pero hace bulto.
Lo venden como transparencia y suena a propaganda con aire acondicionado. No es un boletín oficial, es un reality show con libreto: periodista pregunta, presidente responde con serenidad, ministros asienten como extras en misa de doce. El ciudadano en su casa cree que entendió algo… hasta que apaga la tele y se queda en blanco, como después de un partido malo.
Leonel y Danilo no tenían semanal. Leonel hablaba poco, pero cada frase sonaba a una clase universitaria. Danilo gobernaba en silencio, como el vecino que nunca opina en la junta del condominio. Ahora llega este Gobierno con La Semanal: cada lunes un altavoz en la esquina, mucho ruido para que nadie olvide quién pone la música.
El truco es la costumbre. Ya no existe el lunes: existe La Semanal. El presidente sonríe, da cifras, se indigna un poco, y después todos se van a tomar café. Es la nueva liturgia: la semana empieza con misa y termina con política.
La gente lo consume porque parece democracia en directo. Como si los periodistas preguntaran lo que quisieran. Pero el que controla el micrófono controla el relato. Y aquí el relato ya viene redactado desde la oficina de prensa.
En las últimas entregas, la estrella del show no fue la economía ni la seguridad, sino Leonel y Danilo. Y ellos, felices, porque cuando un presidente responde a la oposición, la oposición marca la agenda. Los gobiernos no responden: los gobiernos trabajan y muestran.
Y ahora, con el cambio de jefe en comunicación, queda la pregunta incómoda: ¿vale la pena seguir con La Semanal o cerrarla? Porque, a veces, lo más transparente no es hablar mucho. Es saber callarse a tiempo.