Por David R. Lorenzo

Muchas veces entregamos nuestro corazón para alcanzar lo que nos resulta inalcanzable, como la huidiza utopía, ese ente abstracto, que idealizamos como lo perfecto y lo que necesitamos.
Desde muy joven la he buscado, pero, no la he atrapado, como muchas otras cosas, como por ejemplo, tampoco he localizado a Alicia, para que me diga dónde está el país de las maravillas, y también, no he podido terminar con la enemistad entre la luz y la oscuridad.
Quizás, es porque a veces cuando creo estoy despierto, mis sueños sólo pasan por mis ojos. Tal vez es porque aspiro demasiado, como atrapar la gota más pura dentro de un infinito mar, o porque a veces creo que dirijo a un ejército, pero cuando miro hacia atrás veo que los soldados son imaginarios, aunque todos me hablen.
Me consuela que no soy el único en no lograr sus anhelos. Conversé con el sol, y me dijo que nunca ha visto la noche. Tampoco he visto que ningún rico que se haya ido, pueda comprar un día más, aunque también me anima, que ya alguien le puso sonido al silencio.
Cambiar el mundo puede ser una utopía, porque quizás sea como perseguir al viento, o porque la utopía esté más allá de los límites de la fantasía. Pero, nada. Seguimos hacia delante, porque nada dura para siempre, y porque todo lo que se pide bajo el sol, tiene su tiempo.